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FINANZAS BONOS

martes, 28 de febrero de 2012

Tomas Bulat en el Cronista

Voy a contar un cuento, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. 
Había una vez un comerciante, Pedro, que tenía una panadería. Resulta que le traía muchos problemas y pérdidas, entonces decidió dársela a alguien que pudiera administrarla, y la convirtiera en una panadería rentable. Entre varios potenciales candidatos, eligió a quien le pareció mejor capacitado para cumplir con su idea: Josepanadero.
Así fue como Josepanadero comenzó a vender pan y facturas, pero con el tiempo fue aumentando el precio de ese pan y esas facturas, sin que mejorara notablemente la calidad de los productos.
Cuando Pedro murió, su hijo mayor Alberto, que lo acompañó durante mucho tiempo, decidió asumir la conducción de lo que fueran los negocios de su padre. Si bien cuando este vivía había aceptado cada decisión patriarcal sin mayores resistencias, una vez muerto el padre entendió que no se habían estado haciendo bien las cosas. 
Alberto habló con Josepanadero y le dijo: “te quedás con la panadería, pero el pan no puede subir de precio, debe estar a $2,50 el kilo sin excepción”. Josepanadero le manifestó que a ese precio no iba a poder mantener el negocio mucho tiempo, a lo cual Alberto trató de tranquilizarlo y le indicó que por cada kilo de pan que vendiera él le daría la diferencia entre los $2,50 y el real valor que debería tener. 
Josepanadero aceptó de inmediato, “no sólo me deja el manejo de la panadería, sino que además me da plata por cada kilo de pan que vendo”, pensó muy satisfecho por las nuevas condiciones. Así fue vendiendo kilos de panes y a fin de mes le pasaba la factura a Alberto de la diferencia entre el precio que cubría sus costos más la ganancia y el precio de $2,50 acordado con Alberto. 
Durante el primer año la diferencia no fue excesiva, pero los costos seguían incrementándose: harina, sueldos de los empleados, ABL, alquiler del local, etc. Entonces Josepanadero habló nuevamente con Alberto, quien le contestó “vos seguí con el mismo precio, yo te pago la diferencia”.
La historia continuó así por un largo tiempo, sin embargo algunas cosas comenzaron a pasar. Por ejemplo, un día Alberto dijo que le encantaban las tortitas negras, que eran su debilidad. Sabiendo esto, Josepanadero instruyó a sus empleados para que cada vez que fuera Alberto hubiera una gran cantidad de tortitas negras de la mejor calidad esperándolo. 
En otra oportunidad, mientras degustaba de unas ricas tortitas negras, Alberto comentó que no le parecía bien que la gente hiciera cola en la calle y sufriera del sol o la lluvia mientras esperaba ser atendida. Por supuesto la clientela crecía y crecía dado que el pan costaba ahí $2,50 y en otras panaderías era mucho más caro. Así fue como Josepanadero decidió invertir en un toldo para que sus clientes estuvieran más cómodos. Enorme fue la alegría de Alberto cuando vio el toldo, dijo: “hice algo por la gente. Ya no se mojarán en días de lluvia, ni sufrirán la intensidad del sol”. (obviamente pagó los correspondientes subsidios).
En otra oportunidad a Alberto le pareció que era necesario instalar un aire acondicionado porque dentro del local hacía mucho calor y no era confortable para los clientes. Sin embargo, ese día el cocinero dijo que era necesario comprar un nuevo horno, el viejo funcionaba cada vez peor en detrimento de la calidad del pan. 
Entonces Josepanadero decidió hacer algunos cálculos: sus gastos mensuales ascendían a $10.000, de los cuales $7.000 los recibía del aporte de Alberto y solo $3.000 se originaban por la venta de pan y facturas. Por lo tanto decidió hacer feliz a Alberto (su principal fuente de ingresos) y compró el aire acondicionado, mientras que el cambió del horno quedó para otra oportunidad.
A la semana siguiente varios clientes se quejaron de la calidad del pan. Ya no era el mismo, tenía menos sabor, era más aire que harina y no tenía la misma consistencia. Por toda respuesta se escuchó decir a Josepanadero: “bueno, que pretenden si pagan sólo $2,50 el kilo de pan. No se quejen que es el más barato de la zona”. En el barrio las alternativas eran pocas y notablemente más caras. 
Así siguió la cosa, Josepanadero cada vez le dedicaba más tiempo a Alberto (que por otro lado nunca compraba el pan de $2,50) dado que representaba el 70% de sus ingresos y cada vez menos a sus clientes, que sólo eran el 30% y se habían convertido en la excusa para recibir el subsidio de Alberto.
Un día el destartalado horno tuvo un escape y el pan adquirió gases tóxicos lo cual dio como resultado varios clientes internados por intoxicación, afortunadamente todos lograron recuperarse.
Ante semejante escándalo en el barrio, Alberto puso el grito en el cielo y le increpó a Josepanadero de cómo pudo pasar algo así. Y lo echó. 
Por supuesto, Alberto va a volver a entregar el manejo del negocio a otra persona, quizás un grupo de trabajadores, un amigo de más confianza o su propio hijo. Pero si la lógica es la misma, entonces todo el tiempo deberán negociar con Alberto, sin hablar con los que realmente compran pan. Si la mayor parte de ingresos continúan siendo los provistos por Alberto y no por la gente que compra, la mayor atención se la llevará el que aporta más.
Si se reemplaza panadería por ferrocarriles, la historia es parecida. Además se puede añadir que Josepanadero y Alberto se entendían muy bien, más allá incluso de lo necesario. Pero el problema continuará si cuando Sobrero Ferrocarriles del Pueblo o Josetren controlen los ferrocarriles para mejorarlos deben continuar pidiéndole plata a Alberto y no a quienes usan el tren todos los días. Por lo tanto le rendirán cuentas a quien les de la plata y no a los usuarios. 
El problema son los incentivos del modelo. Sumar a la privatización de los 90, los subsidios del 2000, da un cocktail explosivo ya que los incentivos sólo conducen a que la relación importante sea la de Alberto - Josepanadero. Los usuarios son invitados de piedra, sólo una excusa para recibir subsidios. 
Lo barato, decía mi abuela, al final sale caro. Los ciudadanos perdemos el derecho a pedir por un tren mejor porque en definitiva es barato, 0,80 o 1,10 pesos por viaje en tren es ridículo. Nadie se queja muy fuerte cuando el pasaje vale tan poco, las quejas surgen cuando el boleto cuesta mucho; por desgracia en El Modelo, es cuando cuestan vidas.

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